15 de junio de 2013

Cuento 18 - El asistente de Tritón


- No, mentiras - le decía el mesero - Usted no es tan mal mago. Pero no se ponga bravo conmigo, porque el que casi mata a esa vieja con la espada de plástico fue usted, no yo. 

El mago lo miraba de reojo, desde el butaco, callado, mientras tamborileaba los dedos sobre el sombrero de copa. Se levantó como arrastrando la pereza con los pies cubiertos de brillante charol, vació los bolsillos en el morral de cuero, dobló la capa y la guardó también. Suspiró con tal ímpetu que se vio al borde del atoro, pero retomó fuerzas y empujó lentamente la mesa contra la pared, le dejó comida al conejo en la jaula y puso el sombrero y el morral al lado del baño, apenas cubiertos por la sombra de un telón desteñido y remendado. Al final, levantó el butaco con una mano y lo dejó al lado de la jaula del conejo. 

- Si soy malo, me da igual hermano - le respondió desamarrándose el corbatín. - Y si casi la mato... pues de alguna manera habrá de ser, pero tendrá que ser más simbólica porque necesito a mi asistente para los actos con los que me pago las borracheras de los sábados y los purgatorios de guayabos de los domingos. 

El mesero barría la tarima, a veces asustando al conejo con las cerdas de la escoba que se entraban a la jaula, mientras que el mago colgaba el smoking y quedaba en camiseta y boxers, apresurándose a ponerse el jean porque soplaba una brisa helada en la soledad del pequeño bar. Los zapatos de charol quedaron debajo del butaco, para que los tenis de detrás de la barra del bar tomaran su lugar. 

-Dígale que la quiere, ¿para qué le pierde más tiempo a eso? Ya todos sabemos que se pone como una fiera cuando alguna vieja de las mesas le manda borracha algún papelito conmigo y que ya no le da esa pena de ponerse el vestidito rojo ceñido... 

El mago se ponía el abrigo de paño y la bufanda con parsimonia, rumiando pensamientos, procesando con dificultad lo que le decía su amigo. Sí, era cierto, pero no era suficiente. El mesero se quitó el delantal y guardó la escoba, se puso la chaqueta, cerró con llave la caja y salieron juntos del área de licores, fumando de los cigarrillos sin filtro que dejaban a veces los clientes en las mesas y restregándose la manos, como queriendo sacudirles el frío. 

- No le ha vuelto a hacer berrinches con los papelitos de las clientas, ¿o si? Igual se fue con ese tipo... No se por qué insiste en que le diga que la quiero, César... 

- Porque usted la quiere y me va a terminar pegando esa depresión tan mamona, que además la tiene por su pereza de decir las cosas. Dígale, dígale un día... Las viejas se cansan también, ¿qué quiere? ¿que ella lo reciba con flores después de lo que le dijo?

El mago escuchaba callado, sin devolver siquiera la mirada. Recordaba a retazos el día de la pelea. Rellenaba con ficción lo que su memoria se negaba a aportarle, lo que su entendimiento se negaba a explicarle. Pero por más vueltas que le daba, llegaba siempre a la misma conclusión.

- ¿Y qué esperaba? - le dijo deteniéndose para apagar el cigarrillo en el andén con la suela del zapato izquierdo - ¿No ve que se fue con ese tipo cuando yo estaba que me la llevaba de vacaciones al lado del mar? Me faltó fue endeudarme para comprarle anillo de compromiso a ver si hacía la payasada completa... "Moni, pero me habías dicho que no fue por otra persona"... "Moni, ¿Cómo así que te dejaste llevar?"... "Moni, pero la semana pasada me decías que me querías y me cuidaste la gripa"... Le valió huevo. Y sí, la quiero, pero ¿y qué con eso?

Ambos acabaron de montar las sillas en las mesas, apagar las luces y sacar la basura, y salieron a la lúgubre calle. Comenzaron el camino en un silencio sepulcral, que rompio César con su tardía respuesta.

- Cuando eso pasó ustedes ya no eran nada, ella era libre de irse y hacer lo que quisiera… Usted parecía una cacatúa regañándola, menos mal este bar era pésimo y no había casi clientes. 

- El ridículo de quererla sólo se acerca al marica conejo mordiéndome cuando lo sacaba del sombrero al principio, y ahora me toca sacarlo como a él le gusta, sin jalarle las orejas –  repuso, cerrándose los últimos botones del abrigo –, pero ¿qué puedo hacer? Se fue definitivamente con ese tipo, no me habla, ¿o es que usted no ve? ¿usted es sapo selectivo? ¿Ve lo que quiere para venir a sermonearme, pero no se acuerda del por qué ella ya no está aquí con nosotros camino a la misma cuadra?

César sonreía, como burlándose del pobre mago. Sí, el conejo hasta le había alcanzado a roer las mangas de la camisa, era cierto. Pero seguían haciendo bonita pareja, peleando, además, cada uno por su lado. "César, pero no se qué le pasa a Raúl conmigo, si cuando todo eso ya habíamos terminado y me dijo que quedáramos de amigos, y no me da ni las gracias cuando le cambio el agua o le dejo comida al pobre Tritón cada vez que a él se le olvida… ¿Qué te ha dicho?... ¿Está saliendo con la vieja esa o qué es la vaina?". El mesero se encojía de hombros y se echaba a reír ante la mirada furiosa de Mónica. "Yo qué voy a saber, pregúntale tú. Mándale una notica como la mona recursiva ésta, la de la mesa 7...".

- Raúl, hable con ella, no está con ningún tipo o no andaría pendiente de las borrachas que le saltan encima a usted, no me ponga en la mitad, que aparte de que la pelea no es mía, puedo salir perdiendo de todas formas. Es lo único que le puedo decir.

- Ah, entonces ella sí estaba saliendo con ese tipo pero no me lo quiso reconocer. Yo sabía, me da igual, que haga lo que quiera – siguió caminando encogido de hombros – ni que fuera la única vieja en el mundo.

- No, no es la única vieja en el mundo, pero es la única que le amarga la vida – Alegó César, cubierto por la mirada envenenada de Raúl – Hermano, eso fue en enero y estamos a julio. Ustedes no eran nada cuando el tipo la vino a recoger, y sí la vino a recoger en carro, pero eso no dice nada, ¿No que habían terminado por las buenas? Si me va a dejar botado en este enredo, al menos dígame por qué habían terminado.

Raúl caminó unos pasos sin musitar palabra, escoltado por el viento y por las luces mediocres que iluminaban esas calles, exhalando rabia sin responderle aún a César. En cuanto encendió otro cigarrillo, dio un largo suspiro, y luego de dos bocanadas de humo, habló.

- Porque nuestros horarios no coincidían, ¿se acuerda? No nos veíamos nunca, y siempre que nos veíamos era una pelea de los mil infiernos porque siempre estábamos cansados de la universidad, de las copias y de la tesis. Casi que el único contacto era el show de magia, pero yo odiaba que los viejos esos la miraran, y ella se enfurecía de que las cuarentonas esas se me insinuaran. 

- Sí me acuerdo - respondió César prendiendo el último cigarrillo de la cajetilla que cargaba en el jean-.  Pero ustedes se querían, y después de terminar parecían más novios, hasta que la vino a recoger ese man en carro y usted le hizo esa escena frente al barman, que quién es ese tipo, que no lo jodiera y que no le perdieran más tiempo a eso ¿se acuerda? El pobre Jorge casi se muere de un infarto de la risa y decía "¡¡ QUE PASE EL DESGRACIADO!!" mientras Mónica lo miraba como un zapato y se iba al carro ese que la estaba esperando afuera. Ay, hermano - se detuvo para aspirar de nuevo el cigarrillo - no me mire así. Si hizo semejante espectáculo por un sprint, quién sabe qué pase con todos nosotros si a su exnovia la recogen en un Audi. 

Raúl trató de ocultar, sin mucho éxito, la risa que tenía contenida detrás de los labios. Ambos siguieron caminando hacia el oriente, hasta que se terminaron riendo los dos. César la hizo una seña, y continuaron juntos hasta su casa. Sacó dos cervezas de la nevera y las llevó a la sala, donde lo esperaba Raúl. 

-¿No le pareció linda cuando llegó la primera vez?  -dijo Raúl, con la sonrisa de un niño en navidad - Con la camisa rosada esa y el moñito negro...

- Que parecía un regalo, sí, sí me acuerdo- lo  interrumpió César - Y recuerdo su cara de idiota con ella desde ese momento. Con Jorge hacíamos apuestas a ver cuándo se iba a aparecer usted con una chocolatina o una flor, y cuando nos cansamos de apostar sin que usted se diera cuenta de que ella le copiaba de manera más o menos igual de evidente a usted, con la risita nerviosa y lo que se bañaba en perfume, a usted le dio por invitarla a un tinto antes del ensayo del día siguiente... La vieja se dejó comprar con la chocolatina esa que usted le traía derretida en el bolsillo de la camisa.

Raúl destapó las dos cervezas, y luego de darle un sorbo a la suya hizo una mueca de aprobación. 

- Bueno, lo reconozco, yo estaba embobado con ella. Pero usted no diga nada, Paula le dio tres vueltas y si aparece quién sabe qué pase con el genio de esa mujer… Salimos los cuatro a pelear, ¿Qué le parece?

- Paula está embarazada del arquitecto ese y se van a casar, - le respondió con una sonrisa de sorna- si quiere salimos los cinco, ¿le parece mejor eso?

- No sabía, lo noto aporreado. Yo sólo lo quería invitar al plan. 

- Gracias – le dijo César quitándose los zapatos y dejándolos en la cocina-  Ya me entretienen suficiente ustedes dos.

Raúl también se quitó los zapatos, pero los dejó debajo del sofá, y luego de la última bocanada de humo, apagó el cigarrillo en el cenicero de coca- cola que había en la mesita de la sala.

- Mire, - continuó-  la diferencia es que usted quiere a Mónica, y ella lo quiere a usted. Al final, cuando yo estaba con Paula, el punto no era querer estar con ella por quererla, sino por no dejarme ganar en eso que me metí a jugar solo y terminó jugando conmigo. Y perdí, ¿no vio?

Ambos se terminaron la cerveza en silencio, sin mirarse un rato. Raúl tamborileaba los dedos en la lata vacía y César reposaba sentado en el sillón con las manos en los bolsillos. Al fondo sonaba la música de una discoteca pequeña de barrio y los borrachos vociferando en los andenes. 

- Llámela - le dijo César luego de levantar las latas- Y si quiere quédese a dormir ahí hoy, ya sabe dónde están las cobijas. 

Raúl se trataba de amoldar en el sofá una y otra vez. Se sentaba con la pierna cruzada, con las piernas estiradas en el piso, con los dos pies sobre el sofá, sin sentirse del todo cómodo. Al final se recostó de lado en el espaldar, y tomó un largo respiro.

- ¿Y qué le digo? ¿No será que me manda al carajo? Hoy me miró muy mal…

- Pues sí, es que hoy usted casi la mata con la espada de plástico. Y no venga ahora a decirme que se movió del lugar en la caja, a usted lo traiciona el subconsciente – le dijo dándole un golpecito en la cabeza, que el mago quiso evadir, pero al correrse estuvo a punto de caerse del lado del sofá con la pata rota. Ambos se rieron.

Raúl se quedó ahí sentado, desmenuzando pensamientos, gesticulando a veces con las manos, pero, en medio de cada monólogo mudo, siempre volvía a la mueca de desesperanza, de cansancio, de rendición. César lo miraba con lástima desde la cocina, y en cuanto terminó de lavar los trastes, se sentó a su lado.

- Dígale que usted ha sido un idiota y que al fin me hizo caso de decirle que la quiere, porque además ya ninguno de los dos está haciendo tesis, así  las cosas podrían  funcionar sin que ella me regañe por llevarle las razones de estas zungas busconas, y sin que usted me pregunte todos los días si ella está saliendo con el tipo del sprint destartalado. Duérmase, ¿sí? 

César se fue a su habitación, y aunque Raúl se quedó pasmado un rato en la sala, terminó levantándose por las cobijas y garabateando una libreta que se encontró en la cocina. Escribía, tachaba, arrancaba las hojas. Encendía otro cigarrillo, volvía a comenzar. A veces se detenía a mirar por la ventana, pero regresaba mecánicamente a la tarea de escribir, de tachar, subrayar y dibujar flechas. Al final, y sin saber si estaba satisfecho con el resultado del ejercicio, se dejó vencer por el sueño encima del sofá de cuero a pesar de las cortinas abiertas y el ruido de la calle. 

A la mañana siguiente, César se despertó con la voz de Raúl en el teléfono del corredor, con los dedos untados de tinta y con los papeles arrugados en la mano izquierda, con un poco de sudor. 

- Moni... Mónica, soy Raúl, (…) no, no vayas a colgar, llamo en son de paz. – le dijo descartando los papeles, arrugándolos y tirándolos al piso – (...)Ya se qué he sido un idiota, César me dijo, pero está bien reconocer que todo esto es porque todavía te quiero, y… y me acuerdo mucho de cuando llegaste la primera vez a trabajar en el bar con nosotros, que estabas toda linda con tu moño negro y la camisita esa rosada (...) Moni, las circunstancias han cambiado, ¿No crees? (…) sí, ya no estamos haciendo tesis (...) ¿si? ¿Esta tarde entonces?

27 de abril de 2013

Cuento 17 - El azar

Cuando ella llegó a la casa, el alma le pesaba más que el abrigo empapado, con la diferencia de que en realidad no se la podía quitar del cuerpo. Las cosas estaban graves, pero tampoco para morirse... ¿O si? Se rio sarcástica mientras calentaba el café. La verdad no era la primera vez, pero nunca había dejado de preocuparle del todo, y en este caso en especial, no había motivos claros. Desde el momento del el vacío de explicaciones no había habido una sola palabra. 

Llevaba varios días así, nadando entre incertidumbres de todos los tonos grises y desenredándose los dedos, el pelo y la ropa de los nudos que cargaba en la cabeza. Estaba algo resignada a que él no le respondiera, pero como en el fondo nunca se resignó a quedarse sin una respuesta, lo único que le quedó por hacer fue suponer. Suponer que ella le había dado demasiada información, que había dejado embarazada a una ex, que había conocido a alguien más, que todo fue una mentira, que estaba en crisis existencial porque el médico le había prohibido alguna comida que le gustara o que estaba amenazado de secuestro por extraterrestres. Todas sonaban igual de probables, pero ninguna lo suficiente para satisfacer su curiosidad. 

A veces sonreía de sólo recordar cómo eran de felices juntos, cómo le alegraban el día sus mensajes y cómo se sentía libre de mandarle un whatsapp a cualquier hora del día para derrochar cariños y buenos deseos. Sonreía soñando despierta, sonreía y era como si viviera esos besos y esos abrazos de nuevo, como si los recordara para no extrañarlos, como si se rehusara a aceptar la idea de que ya no estaban y los tuviera para contener sus angustias. El verdadero problema era cuando los recuerdos y una que otra esperanza estaban dormidos y las angustias se regaban en el café y el el sudor y el temblor de sus manos. La taquicardia se le subía a la cabeza y se le amargaba la tarde de pensar que él ya no estaba, que no había más mensajes de esos, que no hablarían esa noche... que ya no estaban en marzo. 

Y se enfurecía. La cegaba la rabia de nunca haber comprendido qué pasó. Esa tarde en particular, dejó secando el abrigo en el patio y se sentó a tomarse el café, había bastante que hacer para el día siguiente, y ya sentía que el portátil la miraba con gesto de reproche. Como de todas formas no iba a tener paz mientras no tuviera una idea de respuesta, resolvió tirar una moneda. La sostuvo entre sus manos unos segundos y la miró otros mientras se enfriaba un poco el café. Si caía cara, era que todo iba a volver a la anhelada normalidad, si caía sello era que no valía la pena seguir intentando. 

La lanzó desde la silla donde estaba sentada en la barra de la cocina, y como calculó mal sus reflejos, la moneda se fue rodando y se fue entre el sifón del piso. "Muy bien" se dijo, y suspiró, buscando otra en el bolsillo del jean. Le hizo la misma pregunta, la lanzó al aire, y esta vez sí la atrapó. Cara. Sonrió, y le dijo a la moneda "Confírmame, por favor". La lanzó de nuevo. Sello. Sintió que se le detuvo el corazón una corta eternidad. Pero ya tenía una cara, así que mientras la moneda daba vueltas en el aire, ella susurraba "dos de tres, dos de tres, dos de tres, necesito solamente dos de tres...". De nuevo le fallaron un poco los reflejos y cuando atrapó la moneda, estaba vertical entre su dedo corazón y el anular. Torció la boca, balanceándose entre la desesperanza y el optimismo y la lanzó de nuevo. Cara. 

Con el latido del corazón que ya no le cabía en el pecho de la alegría, se sentó alegremente a trabajar y a tomarse el café que estaba un poco más frío de la cuenta. Cada vez que terminaba un capítulo de lo que debía entregar, lanzaba la moneda. Cara. Cara. Cara. Cara. Cara. Cara... Cuando se leventó a comer, la lanzó de nuevo. Sello. Frunció el ceño. La lanzó una vez más, ya con técnica de tahúr después de tanta práctica. Sello de nuevo. 

- Se dañó la puta moneda - se lamentaba. 

La lanzó otra vez. Sello. Se sacó otra del bolsillo para lanzarla. Cara. Sonrió con la satisfacción de que de nuevo todo estaba en su curso normal, y se sentó a comer, hasta que vio la hora. Era tarde, y el trabajo estaba un tanto estancado, así que se llevó el plato de pasta bolognesa al escritorio. La lanzó de nuevo antes de llevar el plato a la cocina. Sello. Lanzó un gruñido... ¿Pero qué le pasaba a las monedas? Se devolvió a trabajar con desgano hasta que acabó entre las cifras de ventas, las expectativas de gastos y los porqués inconclusos. Le entró de nuevo la taquicardia y el sudor en las manos mientras imprimía... Sí, él podía haber dejado embarazada a una ex de hacía meses o no quería reconocerle que le estaba yendo terriblemente mal en su campeonato de Pacman con el que estaba esperanzado de conocer Atlanta. También podía haber sucumbido a la amiga esa que estaba encima de él hacía semanas, sí, la que andaba con gafas oscuras hasta en cine y siempre tenía una pantaloneta que apenas hacía la función de censura. Sí, 'Lauris', la misma que lo acababa de mencionar en twitter entre su usual escarcha, mala ortografía y revuelto de mayúsculas y minúsculas para invitarlo a su cumpleaños. Casi pierde la cabeza de imaginárselo con la cara untada de ese colorete anaranjado con matices tornasolados y llegando a la casa oliendo al repelente que solía usar ella como perfume. 

Pero, ¿Y si la de la falla era ella?, se preguntaba mientras ensamblaba las hojas para graparlas. Podía ser ese día que la vio con la ropa de ir a hacer mercado, eso puede decepcionar a cualquiera, no lo culpaba. ¿Y si ella hablaba mucho? Bueno, nunca se sabe, pero él no se habría trasnochado hablando con ella si le molestara. De nuevo -igual que el resto del tiempo- no había respuestas. Y de nuevo estaba furiosa, al punto en el que casi olvida sacar el hardware con seguridad después de haberle mandado copia del documento a su jefe. 

Bueno, y si este tipo no volvía ¿¡qué?! Desde que se le había ocurrido perderse, aparte de amargarle la vida, le había enseñado a vivir sin él. Las matas seguían floreciendo, la ropa se seguía secando, el desorden de la oficina seguía creciendo y la ciudad era el mismo estúpido caos de antes, durante y después, salvo que era apenas justo reconocer que con él todo era más tolerable, hasta las tontas filas de banco podrían ser un plan aceptable. "¿Por qué?" se preguntaba una y otra vez mientras se ponía la pijama y dejaba el documento con las llaves entre la cartera. Pues con o sin motivo, que hiciera lo que quisiera, ya daba igual que estuviera con 'Lauris', o con una miss universo con doctorado de la NASA y una fundación para rescatar ballenas, que estuviera agotado del trabajo pensando en vender todo para ise de mochilero por Europa, que estuviera avergonzado de tener varicela a esa edad o que estuviera escondiéndose porque algún homónimo se encontrara en la lista Clinton... podía ser cualquier cosa en realidad. El hecho era que ya no estaba y punto. Y llevaba sin estar ya un par de meses, sin haberla matado del todo (aunque no fuera esa la intención al irse). "Que haga lo que quiera, es su problema", susurró con determinación. 

Haberse resignado le trajo algo de paz, no parecía haber otra alternativa. Al final de la noche, cuando estaba revisando que tuviera suelto para el bus del día siguiente, hubo una pequeña batalla campal con la cremallera del monedero. Sus dedos eran torpes y no le obedecían bien las instrucciones, no medía la fuerza y además sonó el correo en su celular de que el jefe ya había recibido el documento. Y ahí estaba la foto del prófugo con su sonrisa preciosa y sus ojos cafés oscuros para amargarle de nuevo el momento, porque definitivamente todavía le importaba. 

Cuando soltó con una mano la cremallera del monedero para revisar el celular, salieron volando mil monedas en una pequeña fiesta contra el piso de madera. Ella suspiró al borde del llanto, pero le descansó el alma cuando se agachó a recogerlas. Cara, cara, cara, sello, cara, cara, cara, cara, cara, sello, cara, cara, cara, cara... Cara. 



1 de abril de 2013

Cuento 16 - De los sueños...


Anoche hundí la cabeza en la almohada pensando en usted, escuchando el segundero del reloj con el murmullo del solitario viento. Todo era surreal dentro del perfecto silencio de la madrugada vacía en mi horrible ciudad. Anoche  me arropé hasta las orejas y respiraba pensándolo, bebiéndomelo a sorbos, extrañándolo. Ya no hubo frío ni cansancio, ya no hubo sed ni soledad, no hubo ausencia alguna mientras yo navegaba entre sus risas y sus abrazos, entre mil puertos donde no hubo jamás una tormenta o un naufragio, donde todas las brisas besaban las velas y todas las bahías recibían brillantes y soleadas a todas las embarcaciones. 

Yo no necesitaba aire o agua, yo, quien soñaba con ser su musa y la de nuestro paraíso imaginario, no me cansaba. 

En algún punto, dejé de sentir su presencia como un brillo y el tacto de su euforia, y empezó ese enorme océano a mostrarse más como en realidad es: Como un gigante inmisericorde con aguas de todos los matices del azul, gritando a todos los vientos el peso de sus entrañas: gritos pidiendo auxilio en coordenadas desconocidas del Adriático, lágrimas que corrían a borbotones desde Haití hasta Marsella, ingratos encuentros y ausencias en Barcelona, nostalgias enormes y pesadas que contenían hasta lo que no se alcanzó a vivir en Cartagena y finos tragos de malos amores en Génova... Y estaba yo entre ahogada y mordida por el granizo, con los labios rotos por la sal y la piel quemada por el inclemente sol. 

Y usted... usted seguía existiendo en todo, seguía conmigo sin siquiera ayudarme a despertar de mi ahogo en toda esa nada que nunca fuimos. 

A pesar de todo, despertar fue sutilmente trágico: al menos en la tormenta de aquella noche había sentido yo todo el tiempo su presencia.



21 de febrero de 2013

Cuento 14 - CORPAS – CENTRO – 7 DE AGOSTO




Siguiendo los caminos de Federico, fui a parar a una ruta de bus llamada Corpas- Centro- 7 de Agosto, hacia el barrio Palermo. La noche ya había hecho de la fría capital un lugar aún más frío, y de mi paranoia un estimulante perturbadoramente fuerte para todos mis sentidos, al punto de ver, a lo mejor, espejismos del peligro. Pasadas unas cinco cuadras, y sólo por recordar el motivo por el que estaba ahí, me dejé llevar por el siempre pintoresco pero lúgubre entorno, decorado modestamente por mi rubor y la compañía del buen Federico, quien me ofreció un café con pan en su casa mientras pasaba el tiempo para que mi siguiente plan de la noche ocurriera, una cerveza con un amigo suyo, al cual hubiera renunciado gustosa si no fuera porque nos enseñan que hacernos rogar y mostrar que tenemos mil amigos y mil planes es lo que funciona para lograr el objetivo. En realidad yo no quería hacerme rogar, no sólo para simplificar ese tipo de relaciones humanas, sino porque me gustaba estar con él. Así de simple.


El viaje transcurrió normalmente en medio de los huecos, las oscuridades y los pasajeros que parecían aparecer de la nada y resultaban colgados del desvencijado bus color gris con amarillo. Yo seguía charlando agradablemente, en medio de las aclaraciones de Federico de que “Si el café lo hizo Esteban, va a saber a un lavado de nalga, te lo advierto” y del escándalo del calibrador de ruta que con su cabello negro ondulado cortado por capas hasta la espalda y su camiseta esqueleto de las tortugas ninja parecía sacado del túnel del tiempo. Todo fluía con aparente normalidad, llegué a sentirme tan cómoda que estaba dispuesta a rozar mi mano con la suya, o cualquier cosa similar, y hacerlo parecer un accidente. Reíamos con la canción de La Chica Gomela, y trajimos a colación anécdotas según las cuales pudimos concluir que nuestra generación había aprendido a bailar con Rikarena en las fiestas de quince.


La calma no iba a ser eterna. En medio de la oscuridad sentí una presencia humana saltar intempestivamente la registradora del bus y terminar en el corredor. Era sólo cuestión de ver pasar mi vida, mis errores y los recuerdos de familia mal mezclados con los noticieros amarillistas de atracos, desapariciones y homicidios que había visto desde que tenía memoria. No fue más que un vendedor de chocolatinas turcas que explicaba que ese es su medio de trabajo, que no quiso interrumpir y reprochaba en su poco espontáneo discurso a quienes no le devolvieron el saludo. Federico moría de la risa de mi cara de susto y me contaba que en Transmilenio también había colados y hasta más temerarios, como si no lo supiera yo, y me daba un par de palmaditas en el hombro como para decorar la carcajada que le causó mi estado de shock.


Volví a relajarme, esta vez ambientada por la mezcla musical entre los que tocaban saxofón en la calle para acompañarnos en el trancón, con la Sopa de Caracol y sus secuaces que sonaban en la radio. Con Federico empezábamos a recordar los tiempos del colegio, cuando nos conocimos, y los fiascos de novios que nos levantamos cada uno por su lado. Mientras él se quejaba de que Luisa por alguna treta del destino se puso linda unos meses después de terminar con él y yo lo consolaba con el hecho de que Pablo jamás se compuso, nuestra calma fue interrumpida de nuevo, de una manera un poco menos fulminante, pero un poco más insólita: una mujer paró el bus como cualquier pasajera, pero brincó la registradora con artimañas bastante elaboradas, no sin antes tirar al corredor su bastón. Era invidente. Nos explicaba que la música debe ser hermosa y que es necesario ser cuidadosos con la que ponemos en la casa porque los niños la escuchan (¿A estas alturas? ¿Después de “El Sayayín”, “Felina” y todas las demás?). A modo de solución, nos ofrecía los CDs de música cristiana que vendía, mostrándonos en su reproductor portátil que tenía desde balada hasta vallenato y reggaetón.


Con Federico nos lanzamos una mirada cómplice del plan de pasarnos un par de cuadras sólo para saber cómo se escuchaba eso, pero finalmente desistimos casi al mismo tiempo por la hora y el lugar. Nos bajamos del bus en una panadería cercana a su casa y compramos dos hojaldrados pequeños para cada uno. Caminamos con algo de prisa hasta el edificio, pues ya no nos acompañaba el calor humano del bus, ni iba a ser yo tan ilusa de pensar que me iba abrazar, como efectivamente no pasó esa noche, ni ha pasado hasta hoy.


Al llegar, abrió la puerta y puso a calentar el café. Yo saqué el pan de las bolsas y lo dejé listo en el comedor, me senté en la sala y él salió a jugar con el perro. Se lamentaba de que los de raza beagle tienen fama de ser inteligentes, “Y mira el que me tocó a mí”. Yo me reía, agregando que además el pobre Baltazar es obeso y nunca ha perdido la costumbre de destenderle la cama. Me miró entre la risa y el reproche, y se levantó a servir el café. Sus predicciones sobre su mal sabor resultaron ciertas, pero no era culpa esta vez de Esteban, sino de la charla.

- Bueno mijita, necesito que me ayudes con Cata, le quiero hacer la emboscada esta semana.
- ¿Cata? ¿Esa loba gasolinera? – Le dije disimulando mi descontento con el gesto posterior al sorbo de tinto.
- Sí – me dijo escondiéndose tímidamente detrás del pan que ya llevaba medio mordido – La misma… No, pero no es tan grave y yo creo que le puedo ayudar con un par de ítems… No seas así. Ayúdame que yo te ayudaré – me dijo sellando la frase con una sonrisa burlona.
- Si te ayudo a enredarte con esa gata, no me lo vas a perdonar nunca. Además claramente el idiota de tu amigo es feliz con la pantera de novia que tiene, no creo que puedas hacer nada por mí...
- Deberías tenerle más paciencia al amor, igual para verte con él vas ahorita, así que ese cuento no me lo como. Además – alegaba mientras recogía la loza – a ti nunca te gusta ninguna vieja para mí desde que nos conocemos. Todas son gatas, o insípidas, o gomelitas insoportables ¿O es que te gusto? ¿Ah?


Y se reía mientras se alejaba de la mesa y yo le pegaba los últimos mordiscos al pan. Me alcancé a levantar para llevar un plato que faltaba, pero al ver la dirección de la charla, resolví devolverme al comedor a suspirar y a recoger las migas antes de que Baltazar se subiera a la mesa a ayudarme.


- Tan grande y tan bobo… Más bien ponte un saco y llévame a transmi que no le quiero quedar mal a ese idiota.



31 de octubre de 2012

Atentado a lenguas extranjeras 1


Tu sais?... J'aime bien notres recettes, j'aime la musique chez toi. Je m'amuse avec nos nuits blanches, nos rires, nos silences et nos scandales. J'aime de faire le petit déjeuner et quelque tendresse qui vole un sourire de tes lèvres. Je m'amuse en donnant toi quelques bisous et étreintes pendant que je m'assoupis dans ton bras, dans ton coeur. Nous sommes comme deux enfants, mais avec toi je me sens libre... si quelqu'un est venu à dire moi qu'il me donne le ciel, les étoiles et la lune, je courrais, loin des mensonges et des larmes, de mes craintes. Tu n'as pas demandé mes ailes, mes mots, ou mes rêves, donc, tu comprendras qu'elles sont trés hereuses sans chaînes ni remords. Quelques levers du soleil - et ce n'est pas chaque matin, sincèrement- je pense qu'ils sont libres, parce que c'est mon présent et ma paix, mais je crains que c'est possible qu'ils, libres comme un papillon, permettent à le vent prend son vol pour votre coeur et votre rire. 

Je sais, moi, je sais que j'en ai parlé avec toi. Je sais. J'aime nos nuits blanches, mon ami, j'aime nos chansons, nos rires, nos rêves et nos réveils. Je les aime bien, mais je ne t'aime pas, ton absence ne me fait pas mal. D'une côte, je m'inquiete d'amour ta présence de manière indue, parce que je quitterais cet contrat bien malmenée; mais, d'otre côte, je crains de ne pas pouvoir aimer quelqu'un de nouveau, de que mes lâchetés étaient les vraies chaînes. Ce signifierait que mon coeur est réellement cassé, et sincèrement je préfère quelques égratignures que sentir mon âme morte. Va sans dire que dans mon coeur obstiné et désorienté rien m'obéit. 

Il n'y a pas de raison de s'inquiéter, pas besoin de échapper pour le moment. On dit qu'il y a une manière trés efficace de faire une personne parti de votre vie: prêter de l'argent ou dire "Je t'aime". Jusqu'alors, rien de cet. Bonne mercredi. 



21 de septiembre de 2012

Reflexión 27 - Sépalo.


Sepa usted que las cosas que se quedan guardadas no tienen mayor utilidad, y se marchitan, avergonzadas de existir en la sombra, olvidándose a veces de su origen, de sus expectativas de utilidad, de sus cansancios, y se terminan volviendo parte de la cueva en la que están metidas. Aún así, detrás de todos las puertas, guardadas bajo siete llaves ocupan un espacio, tapan una luz, pesan. Estorban, en especial cuando por algún motivo metemos una mano a aquel lugar y es imposible sacar un solo sentimiento, todo es como un costurero desordenado en el que se trata de sacar un botón y entre las uñas terminan hebras de todos los colores, cintas y hasta algún pinchazo.

Dicho eso, entenderá que las fibras de mi alma no se sienten muy cómodas con un par de cargas que les he echado encima, que sumadas al peso del polvo y un par de telarañas, deben ser más o menos unas dos toneladas de besos, unas seis de lágrimas y unas diez u once de abrazos (los cuales, no sé si es porque están cubiertos de miel, no se pudren ni se marchitan). Todo lo anterior parece estar cubierto de una capa opaca de culpas y orgullo, con manchas de cansancio y destellos de nostalgia que se terminan enredando entre las calles de esta lúgubre ciudad y mis insomnios. 

Pensé que iba a ser parte del pasado, de los álbumes y de las historias lejanas, pero ahí sigue, creciendo entre mi carne como una infección de escarcha y de seda, como una asfixia trenzada con euforia. Y finalmente, no sé si de ira o de resignación, me quito las vendas de los ojos y usted está en algunas calles, algunas esquinas, algunos cafés y algunos sitios de fiesta. Eso es tolerable, pero se empieza a complicar cuando lo encuentro en mis cobijas, en los platos de mi casa, en la ropa que me ponía para ir a verlo y en lo que me hubiera gustado decir o hacer. Lo anterior no es exactamente agradable, pero con esfuerzo puedo apegarme a un libro o a una película en el cine y abstraerme de esa idea nublada según la cual, aunque digamos que borrando las fotos, los amigos en común y pintando el cuarto todo va a quedar atrás, porque finalmente está en realidad debajo de mis párpados, latiendo al lado de mi corazón y respirando con el aire que entra a mis pulmones. Usted se mantiene vivo conmigo, mientras yo lo esté. Y duele hasta los huesos. 

Recuerdo mucho cuando lo vi la primera vez. No puedo decir que me atrajo exactamente, ni que me senté a colorear expectativas con chispas y flores de lo que iba a pasar, pero le puedo decir que sonreí, a lo mejor sólo con los ojos, pero me alegró sentir que usted existía. Pasó el tiempo, no mucho a decir verdad, y me perdí en sus ojos, luego en sus abrazos y finalmente en sus besos. O me encontré, no lo sé, pero todo fue como si lo conociera de antes, de algún sueño. Todo fue una ráfaga de brisa de verano de la que me dejé llevar irresponsablemente, teniendo en cuenta que todo esto no era más que el primer amor, pero era feliz escalando la montaña mientras usted llenaba mis expectativas mucho más allá de las palabras y de los gestos, perdiéndome en el sereno latido de su corazón cuando me abrazaba, entre risas, películas, recetas  besos que brotaban a borbotones entre aquel mar que no era más que taquicardia y adrenalina: empezamos a temer perdernos empezamos a ver que había un abismo en el fondo del paisaje. 

Todo comenzó, creo yo, cuando salimos de trabajar y nos empapamos con la inclemente lluvia de esa tarde, y recuerdo que finalmente fuimos más inclementes que ella, entre ese viento helado las gotas se sentían tibias y nuestros cuerpos, luchando por mantenerse calientes, lograron acelerar el paso y lograr una despedida con una sonrisa que decía a gritos lo que los ojos trataban de ocultar.  Yo sólo sonreía porque ninguno de los dos lo podía esconder, ni se esmeraba en hacerlo, y resolví ponerle las cosas un poco más difíciles. Me iba preciosa a dondefuera que usted fuera a estar y buscaba charlar y reír, y así no fuera a lograr nada, respirar su aire me llenaba de vida, me sanaba. A los pocos días le dije que me gustaba, en la romántica webcam de mi Compaq, sin sentir que estuviera arriesgando absolutamente nada porque ya usted me había indicado que le parecía linda mi nariz, y había visto sus ojos seguirme entre los cubículos de la oficina y brillar cuando se cruzaban con los míos, incluso detrás de sus gafas, y, efectivamente, me dijo algo como que yo también le gustaba mucho, no como los locos furiosos que asesinan gente por eso, pero que en verdad le gustaba mucho, y me invitó a salir al día siguiente.

Me fui como una princesa a ese Juan Valdez del Museo Botero,  aunque me sentía tranquila porque ya gran parte del camino estaba recorrido, quería estar absolutamente irresistible por si le quedaba alguna duda, quería nada más y nada menos que parecer un pecado. Me acuerdo bien que el clima me ayudó a no despeinarme o llegar insolada. Nos tomábamos las manos nerviosamente, no nos decidíamos, y finalmente me dijo que fuera su novia. No se si lo dejé terminar de preguntarme, pero le dije que sí, y desde ese momento todo fue historia, con sus amigos y con los míos, con sus películas y las mías, con sus cansancios y los míos y con nuestras agarradas de manos, nuestros besos y nuestras noches. Usted, con el paso de los meses, se convirtió en mi todo, no estaba dispuesta a permitir que se le empeorara una gripa y mucho menos a que alguien osara a darle un mal día si estaba de alguna forma en mis manos hacer algo al respecto. Me deshice en caricias, mimos y detalles, y todo tenía sentido porque recibía a cambio eso y mucho más. Flores, chocolates y comprensión, compañía y dulzura, y todo era más precioso aún porque usted no hacía nada que no sintiera de verdad. Me hinchaba el pecho sentir que yo era su motivo para hacer todo lo que hacía y recibir todo lo que me daba, y vivía feliz en nuestro pequeño pero acogedor mundo, lejos de los arco iris, los soles, las hadas o cualquier cosa que intentara interrumpirnos y tuviera la maldad de robarme un segundo junto a usted. 

Yo creía saber lo que era el amor, hasta que en verdad usted me lo enseñó con su existencia sin usar siquiera un diccionario de sinónimos. Y la lección tiene hasta título para decorarla, como si necesitara más que sí misma para llamar la atención y desaparecer algunas creencias oxidadas y perdidas que yo tenía a ese respecto: IronMan. Sí, el tipo que es un humano medio corriente, sin más poderes que su inteligencia y su habilidad (y su dinero) para ser un superhéroe salido de lo sobrehumano y de lo extravagante, sin quitarse por ello lo espléndido. Y lo guapo. Usted estaba feliz de que fuéramos a ver al tipo de sus comics de su rutina de los jueves, y yo estaba feliz de ir a entretenerme con Robert Downey Jr. Efectivamente, el protagonista era un absoluto encanto físico e intelectual, aparte de tener las características adecuadas en su personalidad para poder conseguir a la mujer que él quisiera. Yo lo miraba embobada, lo digo ahora sin asomo de vergüenza, pero en el fondo estaba vacío, lo sentía incompleto. Me distraje unos minutos de la película, porque soñar no cuesta nada, y me preguntaba qué haría yo si pudiera conseguir al hombre que yo quisiera sobre la tierra, mientras el pobre IronMan se las ingeniaba para llamar mi atención en medio de sus explosiones, sus armas y su caos. 

La respuesta fue tan simple que me impactó, y finalmente resultó que si yo pudiera elegir a cualquiera sobre la tierra, al que yo quisiera, de todas formas volvería a perderme en los brazos del gigante que estaba sentado al lado mío desde hacía algunos meses. ¿Y si usted estaba de mal humor porque sus jefes eran un desastre? De todas formas lo elegiría a usted, y me haría feliz alegrarle el día de alguna forma que se me ocurriera.  ¿Y si estaba usted con esos celos ridículos? Le recordaría por qué lo adoraba con tanta devoción y por qué mis horas no tenían dueño diferente a usted. Si era domingo y no se había bañado, si le dolía la barriga, si me tocaba enseñarle a bailar, si me tocaba madrugar para ir a verlo, de cualquier forma, así pudiera yo tener a Robert Downey Jr. para mí solita, lo hubiera elegido a usted sin la menor duda, sin pensarlo, sin contemplar cualquier otra posibilidad. Entonces me sentí profundamente feliz y me empezaron a salir todas las mariposas de mis entrañas y nos iluminaron con su aleteo en la oscuridad de la sala de cine. Usted seguramente no las vio, no lo culpo, pero a lo mejor sí sintió que me recosté en su pecho más cerca de su corazón y le besé el esternón en medio del suspiro más colorido de la tierra. Yo estaba feliz porque pudiendo elegir a cualquier otro lo elegiría a usted, y además lo tenía al lado, y usted me había elegido a mí. Por eso sonreí antes de que IronMan ganara y no me importó hacerle señas para que se acabara la enorme cubeta de palomitas que habíamos comprado. Acababa de descubrir que lo amaba, y esa idea duró implosionándome adentro durante varios días. 

No me sentí débil o vulnerable. Sentí más bien que todas las fuerzas del universo estaban en las palmas de mis manos sólo porque usted estaba conmigo, y que todo iba a salir bien si estábamos juntos. No existía el frío, ni el cansancio, ni el dolor. Sólo estaba usted al final de mi día, o al principio, o en mis pensamientos al menos cuando no nos podíamos ver. Yo lo amaba con mis pulmones, con mis huesos, con las fibras de mi alma, y usted lo sabe. Sabe que me dominaba la lujuria cuando me hacía usted exquisitos platos en la cocina de mi casa con sus cabellos rubios oscuros despeinados y su camisa a medio remangar, sabe que me recogía el pelo y me pintaba los labios de rojo sólo para usted,  sabe que decía cualquier disparate a modo de mentira piadosa con tal de respirar al lado suyo un rato más, sabe que hice todos los esfuerzos posibles para que a usted no le faltara nada que estuviera en mis manos darle.

El problema fue que estos conceptos del amor y del paraíso no son muy comprensibles aún por los humanos, y a pesar de que era mutuo, nos venció el cansancio. No me atrevería a negar que usted lo intentó, ni podría usted decir que yo no cedí, que yo no callé, que yo no hice o dejé de hacer; pero finalmente todo no era más que una tormenta desordenada de celos y reclamos. Usted decía que yo estaba con alguien más, y yo estaba ya cansada de decir que finalmente a mí me cambiaron las reglas iniciales del juego y que a veces me ganaba el hastío y prefería estar sola que pelear con usted. Me desesperaba ver cómo se me escapaba la luz de las manos por cosas que no podíamos resolver, y entre menos luz quedaba, más me quemaba y me cortaba a su paso entre mis dedos, como agua hirviendo, y más débil me sentía; y más tonterías hacía porque no se me ocurría nada sensato para que las cosas volvieran a la preciosa normalidad que no era menos que mi felicidad y mi refugio. 

No, no terminamos bien. No era posible reconstruir ese hogar que eran para mí sus brazos y su corazón, su amor tan paciente y tan precioso, tan cálido y tan omnipresente. Sé que usted me quiso y me amó mucho, no sólo porque no le importara decirlo a los cuatro vientos con la boca llena de destellos y de besos contenidos, sino porque me lo demostraba con sus actos. Yo lo sé, no lo he olvidado ni un solo instante, aunque me cueste reconocerlo. Y ese es el problema: que me olvido de que lo recuerdo, de que está ahí la idea según la cual es tan difícil que en la única vida que tengo como católica bautizada vuelva a encontrar a alguien con quien todas las piezas encajen tan bien como con usted, ni que podamos adorarnos mutuamente con esa devoción y ese desapego de los instintos de supervivencia, ni que me nazca darle todo lo que le dí a usted sin miedo a salir lastimada como ha pasado recientemente. Tengo miedo a veces de que nadie vea en mí lo que vio usted, o que no encuentre yo en alguien esa paz que sentía cuando lo abrazaba y descaradamente dejaba correr algunas lágrimas porque ya no me daba miedo que se escandalizara, porque no sólo ha sido el único que ha visto la franja verde en medio de mis ojos cafés claros, sino que ha sido el único que ha entendido que a veces las lágrimas corrían, no muchas, cuando me costaba tanto trabajo expresarme con palabras. 

Y me olvido de que tengo miedo, pero sigue ahí. Me limita, me estorba, y no puedo meter la mano al baúl sin que salgan enredadas hebras de sus disparates, de mis colombinas de chocolate, de nuestras fotos, de nuestros días, de nuestras sonrisas... de nuestras peleas, de nuestras ofensas, de nuestros cansancios, de nuestros silencios. Sonrío cuando me acuerdo de que antes de hacernos novios lo parecíamos, y cuando me acuerdo de que usted le dijo a mi amigo que estábamos elegantes (en un bus por la séptima) porque veníamos de casarnos en una notaría a escondidas. Sonrío con un fantasma de lagrimita de nostalgia cuando recuerdo que el mejor regalo que me han dado de cumpleaños fue su presencia cuando yo pensaba que no se iba a poder, y además me regaló de navidad un libro y de cumplemes una película. Y se apaga la sonrisa cuando me acuerdo que le reprochaba cuando no me avisaba que había llegado cuando llegaba, no sé por qué nunca me expliqué bien respecto al hecho de que me afanaba que le pasara algo malo, y en últimas el resultado no eran más que las peleas más monumentales de la tierra con sus océanos... Sonrío de nuevo cuando recuerdo que hicimos el arroz pegachento mejor decorado con queso parmesano de mundo (el cual no comimos) y me apago cuando me acuerdo de que al final por cansancio o por orgullo no le decía lo feliz que me hacía dormir la siesta con usted. Y así me la paso en mis insomnios, mojando a veces las fundas con recuerdos líquidos que salen de mis ojos.

Después de haber escrito entre los dos toda esta historia, resulta que soy lo peor que le ha pasado porque no accedí a volver con usted, quien me enseñó una de las lecciones más difíciles de digerir de mi corta vida: Que ni siquiera el amor más grande puede componer lo que lo rodea. Sepa que eso me duele hasta los huesos a veces, pero sonrío de nuevo porque sé que lo hice feliz, que me amó porque el destino decidió darnos ese chance de felicidad a ambos en ese momento, esas alas y esos cimientos para que - al menos para mí- fuera posible concebir mejor la idea de lo que buscaríamos después. Sepa que muchas esquinas, muchos cafés, muchas flores y muchos platos me lo recuerdan, sepa que lo tengo en mis pensamientos y en mis oraciones. Sépalo, que con que lo sienta yo parece que no es suficiente, sépalo para que me ayude a cargar este peso, para que vuele de vez en cuando con nuestros recuerdos y se aliviane el alma, para que dejemos juntos este estuche en orden.

( http://www.youtube.com/watch?v=o7Y-BDsVifQ&feature=related Funciona bien de fondo) 

17 de abril de 2012

Comentario 3



Me levanté cursi sin destinatario determinado, de antemano me disculpo si llego a herir susceptibilidades.... (O sea, no he muerto; lo cual supongo que es bueno).