
En vista de que decidiste no salvarme de tu olvido, decidí recrearte, omitiendo, como era natural, algunos de tus defectos para que el resultado final se pareciera a lo que mis miopes sentidos ven en tí y tu ya ausente existencia.
Soy diestra, de tal forma que el lienzo fue mi mano izquierda, no por retenerte, no porque fueras mío, ni siquiera por sentirte así, pues no se puede encerrar algo que no se tiene, ni engañarse de semejante forma ha sido bueno jamás. la razón es más simple, quería poder llevarte a todas partes y verte fácilmente sin tener que buscarte en entre el desorden de mi maleta, de mis bolsillos y de mi memoria.
Me pareció prudente comenzar por tus pies, no sólo en contraposición al desorden que suele caracterizar nuestra forma de hacer las cosas, sino porque me gustaba de vez en cuando pensar que estaban en la tierra y por eso adoré tu forma de ver la vida, o que no lo estaban, y así se acercaban a los míos y por eso eras tan feliz conmigo. Fue relativamente fácil, pues tus zapatos como los míos andaban algo cubiertos de las consecuencias de andar a pie en el centro de la ciudad y la fe en la posibilidad de llegar lejos de ese modo, así que fue tomar algo de un lugar y ponerlo en el otro, en una miniatura que sólo yo entendería.
Siguiendo el orden de una forma estricta, seguían tus piernas. Objetivamente hablando son largas y no son delgadas del todo, pero les guardo un especial cariño porque apoyadas en tus pies llevaban el resto del peso de tu cuerpo a algún lugar cerca a donde yo estaba, y las sentía cerca a las mías cuando me abrazabas; y bueno, guardadas las proporciones, tus pantalones podrían llegar a ser similares a los míos, sólo algunos, pero me gusta la idea de tener eso en común aunque estemos ya tan lejos y simplemente sean dos versiones de lo mismo. Afortunadamente mi jean ese día tenía algunos hilos sueltos que se dejaron dar forma, y los puse encima de tus pies en el lienzo, porque las botas de tus pantalones eran lo suficientemente largas para que yo muy raras veces pudiera ver tus medias.
Tu torso... mal haría yo en negar que tenía algunos gramos de más de reservas, pero tampoco podría negar que los adoraba casi como al resto de tí, pues si no existieran te hubiera sido imposible envolverme casi completamente cuando me abrazabas o curarme el frío cuando me permitías recostarme al lado de tu corazón. Afortunadamente ese día tenía uno de los sacos que me conociste y te sentiste libre de abrazarme cuando lo tenía puesto. No tenía ya tu aroma, como era natural después de dos lavadas, pero de alguna manera me recordaba esos instantes, así que con algunas motas dibujé en la palma de mi mano izquierda tu torso y parte de tus brazos.
Como había empezado con los brazos, era más que necesario terminar las manos. Me robaron un suspiro cuando las quise dibujar, pues no tenía nada representaivo que poner ahí, y pues para ser franca había aplicado la técnica del "collage" porque no sé dibujar muy bien - con ninguna de las dos manos- y tuve que resignarme a dejarlas en mi imaginación para efectos de la obra de arte. Las recordé por unos segundos, y pasé mis manos por los lugares que las tuyas habían recorrido. Mi cintura, mi cuello y mi rostro ardían un poco, pues su piel echaba de menos tus caricias, y todo parecía indicar que la herida no había cicatrizado.
Para tu rostro tampoco tenía nada que ofrecer al lienzo, pero pasé saliva - saliva vacía pero con buena memoria- una o dos veces para que mi sangre la llevara hasta la palma de mi mano izquierda al lugar donde debería ir tu boca, y fue sencillo dibujar tu pelo desordenado con un esfero negro y el brillo de tus ojos oscuros con dos astillitas de cristal, que se enterraron tus ojos, y seguramente era esa la parte más fiel a la realidad, pues ni mi consciente ni mi subconsciente han podido desenterrar tu mirada de mi alma desde que entró por mis pupilas.
Me miré la mano una y otra vez, en diferentes ángulos, con la luz del sol y la luz de la lámpara, y no te extrañaba menos. Despegué las piezas con cuidado, las puse en un papel, lo guardé en la billetera, y seguí mi camino con la meta ausente, con una mínima tranquilidad de haber intentado mejorar la situación.
De verdad que tienes coraje: por lo menos para lucir las piernas! y aún así, te sobra el pudor suficiente para escribir tres o cuatro párrafos. Por mi parte, ya estoy viejo y cansado pero me sorprendió tanto desparpajo y algazara. Unas piernas no valen tanto, claro que uy, lindas sí estaban. Claro que también me divierte escribir esto y pensé que hubieramos podido ser buenos amigos. Nada personal, sólo amigos. Sin embargo, soy un hombre tímido, quizá feo pero su conducta tampoco me gustó. Qué es eso de mezclar un colorete rojo con unas piernas tan altas que parecían venir del cielo: una falta de respeto, indolencia por lo menos. ¿Tiernitas? No lo sé, hasta allá no alzancé a llegar. Pero por lo menos carne sí tenían. Los devaneos de rigor que se permite toda mujer bonita, me imagino. ATT_ Andrés Salamanca.
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