18 de octubre de 2011

Reflexión 15- Para M.



Vale la pena empezar por contarte que las palabras son insuficientes, pero me tranquiliza que me hayas aprendido a comprender por otros miles de medios de comunicación. Igual lo voy a intentar. Quiero comenzar, como es apenas natural, por agradecerte todo, absolutamente todo lo que me has dado, que guardaré para siempre: tus besos, tus abrazos y tus caricias en todos los momentos y en todos los climas, a todas las horas posibles. Mentira y lagartería sería decirte que has acabado con todas las malvadas tormentas con las que me he tropezado. No. Me acompañaste y me enseñaste a caminar bajo la lluvia, a llegar al destino por otro camino, a aprender a detenerme y a avanzar. Durante estos 16 meses fuiste mi euforia, mi mejor amigo, mi paciencia y mi refugio del resto de la tierra. Fuiste el motivo para que los peores días del año terminaran con dignidad y gracias a que existes y estabas conmigo, tuve con quién compartir la alegría de los mejores, y, en últimas, ni uno sólo que pasara contigo iba a pasar desapercibido. Me permitiste también cuidar de tus rabias, de tus gripas y consentirte a mis anchas, cocinarte todo lo que se me ocurriera e invitarte a los planes más inverosímiles del mundo, incluido el de adoptar por unas horas al pequeño e indefenso Fígaro. Resolviste también recoger todas mis lágrimas, una por una, sin dejar ni una sola adentro, y me ayudaste a abstenerme de fabricar tantas, total te tenía a tí. Contigo me sentía libre de pasearme por la vida en pijama o en el maquillaje más elaborado... descalza o en los tacones que no he aprendido a manejar.


Por todo lo anterior la decisión fue bastante difícil, pues sabes de muy buena fuente que yo también te di siempre lo mejor que podía porque descubrí que siempre era bien recibido y guardado con mucho cuidado. Todo, absolutamente todo lo que te di hasta el último minuto venía desde mi corazón y se tomaba mis labios, mis brazos y mi voz para que llegara a tí, y tú lo sabes, sabes que no puedo fingir desprecio o cariño, que a tí no te podía engañar ni siquiera cuando por no preocuparte te decía que todo estaba bien, que era puro cansancio. Y por eso mismo estaba segura - como lo confirmé luego- de que te ibas a dar cuenta de que las cosas ya no eran como antes. Que no discutíamos tanto, pero hablábamos menos, y que cuando el cariño empezó a verse disminuído, se llevó todo con él. Tú lo sabes, lo hablamos muchas veces, hasta el hastío, buscamos soluciones, salimos más, hablamos más y creo que no funcionó, no al menos para mí, por no decir que en realidad tu tampoco estabas cómodo con todo esto. Quisimos intentarlo -ambos- porque sabíamos que todo esfuerzo para resolverlo valdría la pena, e indiscutiblemente dimos el mejor esfuerzo. Aún así las cosas no mejoraron tanto y mutaron de alguna manera bastante macabra en una presión, en una angustia, cosa que jamás había relacionado yo contigo. Me guardé reclamos, luego los hice todos cuidando las palabras, y aún así, tú y yo seguimos tratando de resolverlo. Tú me dices que se están resolviendo los problemas. Yo no lo siento así. Y me angustia aún más... Porque podríamos empezar a meterle a este asunto la razón y decir "pero mira que salimos", "fíjate que hemos estado hablando", "lo estamos intentando"... Y pasa que el corazón no entiende de eso, y aunque el mío extraña mucho adorarte con tantísima devoción y le duele extrañar ese sentimiento, nada ha sido suficiente para revivirlo. No lo puedo controlar, con dificultad he logrado que él no me controle a mí. Ya sabes también que él ha elegido andar en malas compañías y he hecho lo posible para que no pagues errores ajenos, pero también por esas mismas malas compañías puedo entender que va a ser mejor decirte la verdad. Y es esa: todo se me salió de las manos y hoy no tengo casi nada que darte a cambio, así me digas que lo que te doy es suficiente, para mí no. Te mereces lo mejor y no tengo cómo dártelo ahora, y tampoco he podido, por más que lo he intentado por semanas, modificar esa situación, salvo empeorarla porque aunque pueda parecer lo contrario, soy plenamente consciente de lo que estoy perdiendo, sino que ya sabes lo que ha pasado porque el miedo nos hace torpes.

Puedo entender que me detestes unos días, semanas o meses; o que no quieras verme más, que te abstengas de hablarme. Puedo entender eso, y no te voy a juzgar por nada de lo que hagas en medio de la rabia y el dolor. Sólo te pido un último favor: aunque me conoces en todos los ángulos posibles de un ser humano, espero que me puedas juzgar algún día por lo bueno que te dí, por la forma como recibí lo que me diste, y no por lo que puedas estar sintiendo hoy. De nuevo gracias por hacer parte del proceso en el que me he convertido en la persona que soy, espero también haberte aportado algo :)... Y saber, ojalá por tí, que has triunfado y has encontrado la felicidad.

Te regalo el abrazo más grande que hayas recibido -eternamente-.

E.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario